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lunes, 13 de mayo de 2019

Las excelencias del carácter o “virtudes éticas” y su relación con las “virtudes dianoéticas”.

Trabajo realizado por el alumnado del IES NIT DE L´ALBÀ, que por exigencias de la ley de protección de datos omitimos es nombre.


Las excelencias del carácter o “virtudes éticas” y su relación con las “virtudes dianoéticas”





Para un desarrollo adecuado de la temática de la redacción creemos importante responder a las siguientes cuestiones: ¿cuál es el significado técnico en Aristóteles de términos como alma, virtud, virtud ética, virtud dianoética, deliberación, destreza, prudencia, y otros términos clave para comprender la temática de la redacción? ¿Qué es la teoría del alma (o psiqué)?¿Qué entendemos por virtudes dianoéticas?¿Qué entendemos por virtudes éticas?¿Qué relación existe entre virtudes éticas y dianoéticas?




 Comenzaré definiendo los términos filosóficos que son más complejos para comprender la temática que intentaré desarrollar:
-Alma: es el principio esencial en todos aquellos seres que disfrutan del bien que es la vida, pues es la causante de la vida. El alma posibilita todas las funciones de que es capaz un ser vivo. Por consiguiente, todo ser vivo -planta, animal u hombre- posee alma. El alma es para Aristóteles la forma o esencia de un cuerpo organizado y, por tanto, es inseparable de un cuerpo vivo. Al igual que él, es mortal. Aristóteles tiende a considerar el alma como el conjunto de las funciones biológicas y psicológicas de un ser vivo: nutrición, crecimiento, y reproducción, en el alma vegetativa, en la animal además de las propias de la vegetativa, también las de de sensibilidad y movimiento, y en el caso del ser humano, además de todas las anteriores la racional que nos permite el conocimiento. Ahora bien, en el ser humano distinguimos dos funciones ; la apetitiva o deseante, propia también de los animales y la racional.
-ALMA APETITIVA O DESEANTE: Es la parte irracional de la que brotan las pasiones y deseos, así como las inclinaciones naturales al placer y a huir del dolor. Entre los deseos destaca el de alimento, sexo, placer… Y entre las pasiones la ira, el odio, el miedo, ...Está presente en el animal y en el ser humano, pero solo en este último se deja gobernar por la función racional, específicamente por la función, potencia o facultad deliberativa, que posibilita la prudencia, o inteligencia práctica. Y lo hace del mismo modo que un niño que sigue sus impulsos más primarios se deja gobernar por sus padres.

-ALMA RACIONAL: Es una función del alma exclusiva del ser humano, el cual, de entre todos los seres vivos, es quien posee el alma más compleja. Su función es el conocimiento y para ello cuenta con dos facultades: la facultad científica y la deliberativa.

-ALMA VEGETATIVA: es la función del alma irracional, presente en todos los seres vivos, responsable de las funciones biológicas: nutrición, crecimiento y reproducción.

-DELIBERACIÓN: Clase de razonamiento que está implicado en cualquier elección consciente, anterior a una elección. Consiste en determinar de manera correcta los medios más adecuados para lograr un fin. Cuando la deliberación es sobre acciones, para que sea buena, se requiere de inteligencia práctica y de virtudes éticas. Por tanto, si mi objetivo es superar una prueba PAU de Filosofía, con la mejor nota posible, he de calcular o determinar las acciones más apropiadas para llegar a ese fin. 
-DESTREZA, HABILIDAD: Capacidad para dar con los medios adecuados para alcanzar un fin, sea éste bueno o malo. Se diferencia de la inteligencia práctica en que para esta última no solo los medios, sino también el fin ha de ser necesariamente bueno.
-FACULTAD CIENTÍFICA: Facultad o capacidad de conocimiento de la parte racional del alma humana, que permite al ser humano lograr conocimiento y verdades necesarias sobre las realidades, es la facultad propia de las matemáticas, la física o la teología. Se rigen por principios necesarios, como las que estudian las matemáticas.
-FACULTAD DELIBERADORA: Facultad, órgano o capacidad de conocimiento de la parte racional del alma humana que permite a ser humano obtener conocimientos probables u opiniones razonables sobre realidades contingentes, no necesarias, tales como las acciones humanas y la producción o fabricación de objetos. Cuando hablamos de realidades contingentes nos referimos a posibilidades de acciones no necesarias. Por ejemplo, decimos que estudiar filosofía para la prueba PAU es un realidad contingente, ya que depende de nuestra elección, existe la posibilidad de estudiar y de no estudiar, por eso hablamos de que es contingente. Contingente es lo contrario de necesario. 
-HOMBRE PRUDENTE: Es aquel que, en cada situación concreta de la vida, sabe lo que le conviene para su propio bien y felicidad, y actúa en consecuencia. Posee la virtud de la inteligencia práctica y delibera bien a la hora de elegir y de actuar. El hombre prudente es maduro y experimentado, pues la inteligencia práctica se adquiere con la experiencia.
-INTELIGENCIA PRÁCTICA, PRUDENCIA (FRÓNESIS):  una virtud dianoética de la facultad deliberativa o calculadora del alma racional aplicada a las acciones y elecciones humanas. Consiste en la capacidad para determinar y elegir, en las situaciones concretas de la vida, lo mejor y lo más conveniente para uno mismo y la propia felicidad. Ella es la que calcula, según las circunstancias, dónde reside el término medio de las pasiones y de las acciones, en el cual consiste la virtud ética. Tiene un función de puente entre la función racional y la función o parte deseante y animal del alma, de la que brotan los deseos y pasiones.
-RECTA RAZÓN: Aristóteles usa esta expresión como sinónimo de inteligencia práctica. Véase INTELIGENCIA PRÁCTICA.
-SILOGISMO PRÁCTICO: Es una clase de razonamiento que expresa en esquema el proceso que envuelve el obrar humano cuando resulta de una deliberación. Expresa un movimiento que va del deseo (razonable) a la acción o conclusión, con intervención de la razón. Consta de dos premisas y una conclusión. La primera premisa indica cuál es el fin bueno (deseo razonable), por ejemplo aprender filosofía es bueno; la segunda, cuáles son los medios para conseguirlo.; por ejemplo, estudiar, asistir a clase de filosofía, debatir cuestiones filosóficas con expertos es un medio adecuado para aprender filosofía; Y la conclusión consiste en elegir o hacer el medio propuesto, por tanto, estudio, voy a clase y debato.
-VICIO: Es lo contrario de la virtud ética. Es un hábito o disposición adquirida mediante la repetición de acciones malas. Los vicios se integran en el carácter y predisponen al malvado a seguir realizando  acciones malas o viciosas, alejándolo del perfeccionamiento hacia el que el ser humano está naturalmente ordenado. Además, ciegan su razón y le impiden reconocer lo que realmente es bueno y provechoso para él.
-VIRTUDES DIANOÉTICAS: Son excelencias propias de la parte racional del alma en el ejercicio de sus funciones. Todas están ligadas al conocimiento, aunque hay cinco tipos distintos de conocimiento ligados a las cinco virtudes dianoéticas: intelecto, ciencia, sabiduría, inteligencia práctica y técnica.
-VIRTUDES ÉTICAS: Son excelencias propias de la parte apetitiva o deseante del alma irracional humana, la cual, aunque irracional, puede someterse al control de la parte racional. Se trata de hábitos adquiridos mediante la repetición de acciones virtuosas que perfeccionan la función del alma al permitir “dominar” las pasiones irracionales y someterlas al control de la razón. Consisten en el término medio entre el exceso y el defecto de una pasión o deseo




Tras haber definido los términos, comenzaré respondiendo la primera de las preguntas: ¿Qué es la teoría del alma (o psiqué)?
La psicología era en el mundo griego el estudio de la psiqué o alma y de sus funciones. Este término no tenía para los filósofos griegos las connotaciones religiosas que tiene en la actualidad. La mayoría de ellos consideraban que el alma era, sencillamente, aquello que infundía vida en un cuerpo.
Según Aristóteles, los seres naturales pueden ser de dos clases: vivos - como la planta y el animal – o inertes -como la piedra o el fuego-. Los seres vivos son aquellos que, gracias a que poseen alma, disfrutan del bien que llamamos “vida”. Por vida entiende Aristóteles la potencia de ejecutar cierta clase de actividades o funciones. El alma de un ser vivo es el conjunto de las funciones del cuerpo que realiza, ya sean estas biológicas o psicológicas. La muerte de un ser vivo significa el cese de las funciones propias de la vida y, por tanto, el fin de su alma y de su cuerpo. Por consiguiente, alma y cuerpo están estrechamente vinculados, son ambos mortales y su destino va unido. En esto Aristóteles se distingue de Platón, ya que para Platón el alma es inmortal preexistía al cuerpo y pervive tras la muerte por la metempsicosis o transmigración del alma, es decir, según el mayor grado de cultivo que tuvo de la razón el alma humana se reencarnará o bien en un dios, si su vida fue la de un filósofo virtuoso, o en la de un animal, si la vida que llevó fue de distancia respecto de la razón.
Todos los seres dotados de vida tienen alma, solo que con distinto grado de complejidad. El alma más perfecta y más compleja de todas es el alma humana porque es capaz de realizar mayor número de actividades y funciones. Además de las funciones de nutrición, crecimiento, y reproducción, propias del alma vegetativa; y de las de movimiento y sensibilidad, propias del alma deseante o animal; el hombre también es capaz  de razonar, de pensar, y del lenguaje, (logos). El ser humano puede vivir como humano – significa para el individuo humano orientar su vida en la dirección que la Naturaleza le ha marcado, es decir: ejercer la racionalidad.



Según Aristóteles, el alma humana “es aquello por lo que vivimos, sentimos y razonamos” es además la esencia del ser humano y consta de dos partes: la racional y la irracional.




I. LA PARTE RACIONAL es la parte del alma dotada de razón o logos, y es exclusiva del animal humano. Su función es la búsqueda de conocimiento, y para ello posee dos facultades, la facultad científica y la facultad deliberativa (o calculadora).
a) La facultad científica: es la facultad mediante la cual el alma humana puede lograr conocimientos y verdades necesarias, pero sólo sobre aquellos ámbitos de la realidad que se rigen por principios necesarios.
b) La facultad deliberativa o calculadora: es la facultad mediante la cual el alma puede lograr opiniones probables y razonables, aunque no conocimientos necesarios, pues opina sobre cosas contingentes y variables que no se rigen por la ley de la necesidad. Tal es el caso de las acciones humanas (praxis) y de la producción o fabricación de cosas (poiesis) de la que se ocupan las distintas artes o saberes técnicos (technai). Por ejemplo, no puede haber una ciencia exacta sobre qué hacer después de bachillerato, o cómo producir una estatua muy bella, pues se trata de ámbitos regidos por las posibilidades, la variabilidad y la contingencia, no por la necesidad.
2 - LA PARTE IRRACIONAL: es la parte del alma que carece de razón. Se divide, a su vez, en dos partes:
a) La parte vegetativa: es la responsable de las funciones vitales de los organismos vivos, tales como la nutrición, el crecimiento y la reproducción. La hallamos en cualquier ser viviente, ya sea planta, animal o humano, y no necesita de la razón para su buen funcionamiento.
b) La parte apetitiva o deseante: es la parte del alma irracional en la que se generan los deseos y las pasiones.

¿Qué entendemos por virtudes dianoéticas?
Las virtudes dianoéticas o intelectuales son excelencias de la parte racional del alma. Consisten en la perfección en el ejercicio de las funciones de dicha parte, funciones relacionadas con la búsqueda de conocimiento. Como son varias las actividades o funciones intelectuales del alma, hay en total cinco virtudes dianoéticas, que se aplican a cinco actividades intelectuales que proporcionan distintos niveles de conocimiento: tres de ellas son excelencias en el funcionamiento de la facultad científica del alma racional y, por tanto, están ligadas al conocimiento de lo necesario, y son: la ciencia (episteme), el intelecto (nous) o la sabiduría (sofía). Las otras dos son excelencias en el funcionamiento de la facultad deliberativa del alma racional y, por tanto, proporcionan un conocimiento — sólo probable — sobre lo contingente y variable son: la inteligencia práctica o prudencia (frónesis) y el arte o saber técnico (techne).
a) Virtudes o excelencias de la facultad científica:
• La ciencia es la excelencia del alma para obtener conocimiento mediante la demostración, que parte siempre de principios previamente conocidos.
• El intelecto o nous es la excelencia del alma para conocer los principios que sirven de punto de partida a las demostraciones de la ciencia. Si bien el alma humana es mortal, el nous es inmortal y divino, aunque no es ni personal ni individual, sino idéntico en todos los individuos de la especie humana.
• La sabiduría es la excelencia del alma que proporciona el conocimiento más perfecto. Versa sobre las realidades más nobles y excelsas, como son los cielos estrellados y la divinidad. Consiste en la unión de ciencia e intelecto. La felicidad propia del filósofo consiste en el ejercicio de la sabiduría que, como ya dijimos, es para Aristóteles la felicidad más perfecta.
b) Virtudes o excelencias de la facultad deliberativa o calculadora:
• La inteligencia práctica: con esta expresión traducimos la palabra griega frónesis, que usualmente también se traduce por “prudencia”.
• El arte o saber técnico es una excelencia de la función o actividad del alma racional que implica cierto conocimiento y habilidad para producir o fabricar cosas. Ejemplos de artes son la escultura
Una vez acabada su explicación, pasaré a contestar la siguiente `pregunta.
¿Qué entendemos por virtudes éticas?
Las virtudes éticas son excelencias en el funcionamiento de la parte apetitiva o deseante del alma irracional. Se relacionan, por tanto, con las pasiones y deseos irracionales que brotan de ella. Para que el alma alcance la excelencia en su funcionamiento es necesario que su parte apetitiva se deje gobernar por la parte racional. Las virtudes éticas, aunque son excelencias de la parte irracional, implican ejercitar bien la razón para regular las tendencias irracionales del alma (pasiones y deseos) e introducir en ellas cierto orden y medida (el término medio). Las virtudes éticas son hábitos o disposiciones que nos predisponen a actuar movidos, no por deseos y pasiones descontrolados, sino por deseos y pasiones convenientemente regulados y modulados por la razón y por cierta clase de conocimiento práctico que proporciona la inteligencia práctica. Lo contrario de las virtudes o excelencias éticas son los vicios, que son hábitos o disposiciones de nuestro carácter que nos predisponen a elegir el mal y lo perjudicial para nosotros mismos y para la polis, con lo cual nos apartan del logro de nuestro perfeccionamiento como seres humanos y, por consiguiente, de nuestro fin natural (la felicidad). Aristóteles menciona, entre otros, los siguientes: la injusticia, la intemperancia, la tacañería, la prodigalidad del derrochador, la irascibilidad o facilidad para enojarse, la vulgaridad, la cobardía, el hábito de alegrarse del mal de otros, la temeridad, etc.

¿Qué relación existe entre virtudes éticas y dianoéticas?
De las cinco virtudes dianoéticas o intelectuales que hemos visto, la inteligencia práctica es el nexo de unión entre las virtudes éticas y la parte racional del alma. Todas las virtudes dianoéticas tienen que ver con la búsqueda de conocimiento, que es la función de la parte racional del alma; las virtudes éticas, en cambio, se relacionan con las pasiones y deseos de la parte irracional y con las acciones del vivir cotidiano, pero requieren de cierta clase de conocimiento
 para regularlas que necesariamente tiene que proceder de la parte racional (logos).

Sin inteligencia práctica, no puede haber virtudes éticas
Según Aristóteles, las acciones virtuosas surgen de una elección libre y voluntaria, y toda elección conlleva una cierta deliberación. La deliberación es un tipo de razonamiento sobre los medios más adecuados para conseguir un determinado fin. Cuando la deliberación se lleva a cabo sobre las acciones concretas, el fin sobre el que se delibera es lo bueno y lo más conveniente para uno mismo y para su felicidad. La facultad deliberativa es la que proporciona el conocimiento de los medios para lograr lo mejor y lo más conveniente. Aristóteles llama conocimiento práctico (conocimiento sobre las acciones) a esta clase de conocimiento. Cuando esta facultad opina con acierto y excelencia decimos que posee la virtud de la inteligencia práctica o prudencia. El hombre prudente es, el que ha desarrollado la virtud de la inteligencia práctica (frónesis) y acostumbra a deliberar bien y a calcular acertadamente en cada situación qué acciones concretas son los mejores medios para lograr lo bueno y lo más conveniente para él y para su felicidad. Aristóteles afirma que para poseer las virtudes éticas se necesita la inteligencia práctica. En efecto, toda buena elección supone haber hecho antes un cálculo o deliberación acertados sobre lo bueno y lo más conveniente en cada situación concreta. Y para que este cálculo sea acertado no basta con deliberar de cualquier manera, sino que hay que deliberar bien hay que tener inteligencia práctica. Creo conveniente explicar que es la estructura de la deliberación: el silogismo práctico.

La estructura de la deliberación: el silogismo práctico
Como hemos visto, para deliberar bien antes de actuar es necesario haber desarrollado la virtud dianoética de la inteligencia práctica (frónesis). Aristóteles representa la estructura de cualquier deliberación mediante lo que él denomina el “silogismo práctico”. Un silogismo práctico es un razonamiento que, supuestamente, precede a una acción debidamente meditada, y consta de dos premisas y una conclusión: la primera premisa se llama premisa mayor y es un enunciado general que enuncia el fin o el bien deseado; la segunda premisa se llama premisa menor y es un enunciado particular que enuncia los medios para lograrlo; la conclusión es la acción misma.
Las acciones del hombre verdaderamente virtuoso van precedidas de esta clase de razonamientos. Pero para que la deliberación sea realmente buena y la elección sea correcta es necesario que se cumplan dos condiciones, a saber:
a) La primera condición es que el fin sea bueno, es decir, que se trate de
un verdadero bien para el ser humano.
b) La segunda condición es que los medios sean realmente adecuados al fin, es decir, que conduzcan eficazmente al logro del fin propuesto. Descubrir los medios adecuados es la tarea de la inteligencia práctica.




Sin virtudes éticas, no puede haber inteligencia práctica
Vimos antes que sin inteligencia práctica no hay virtudes éticas. Pero Aristóteles insiste también en que sin éstas no puede haber tampoco inteligencia práctica (prudencia). En efecto: “es imposible ser prudente no siendo bueno”.

Sin virtudes éticas, no puede haber inteligencia práctica
Vimos antes que sin inteligencia práctica no hay virtudes éticas. Pero Aristóteles insiste también en que sin éstas no puede haber tampoco inteligencia práctica (prudencia). En efecto: “es imposible ser prudente no siendo bueno”. ¿Qué quiere decir esta frase? Según Aristóteles, el hombre bueno es aquel que ha desarrollado el hábito de las virtudes éticas. Pero son estas las que le predisponen a proponerse fines buenos, como querer ser valiente, justo, generoso, moderado, etc. Estos fines son los que le llevan a la felicidad y al perfeccionamiento de su humanidad. Por el contrario, el hombre malo es el que, habituado a dejarse llevar por sus pasiones y deseos incontrolados, ha desarrollado vicios. Y son estos los que le predisponen a proponerse fines malos para él y para su felicidad. Por tanto, no se propondrá como fines la valentía, la justicia, la moderación o la generosidad. Pongamos un sencillo ejemplo: imaginemos a alguien que es invitado a un  suculento banquete y que no ha desarrollado en absoluto la virtud de la moderación, por lo que acostumbra a no poner límite a sus deseos y apetitos descontrolados. Cegado por ellos, se propone como fin llevarlos hasta que el cuerpo aguante y, equivocadamente, toma esto como un “fin bueno” para él. Dado ese fin, su razón le hará ver que el medio es comer y beber, y que dispone de abundante comida y bebida. ¿Cuál será la conclusión de este silogismo práctico? Actuará comiendo y bebiendo hasta la saciedad. Efectivamente, nadie diría que ha obrado con prudencia o inteligencia práctica, pues aunque el medio para lograr el fin que se proponía era el correcto, al faltarle la virtud ética o el hábito de la moderación, le ha sido difícil, por no decir imposible, proponerse un fin verdaderamente bueno y razonable, y su conducta ha acabado siendo más parecida a la de un animal irracional que a la de un ser humano racional. Si, en cambio, el invitado hubiera poseído la virtud de la moderación, su tendencia natural hubiera sido proponerse como fin bueno las acciones moderadas en general. Dado este fin, la inteligencia práctica tendría que determinar y calibrar – de manera probable, pues en estas cosas no puede haber exactitud, en qué consiste actuar con moderación en el comer y en el beber en esas circunstancias concretas, en las que tal vez pudiera ser razonable comer y beber algo más de lo habitual, pero sin rebasar ciertos límites y, por supuesto, teniendo en cuenta el aguante de cada uno.

Por último, el fin bueno es siempre un deseo, y todos los deseos brotan de la parte apetitiva o deseadora del alma humana. Por otra parte, Aristóteles sostiene que los deseos del alma nacen todos de dos inclinaciones naturales de esa parte del alma, que son la inclinación al placer y la inclinación a evitar el dolor. Pero en el hombre virtuoso estas dos inclinaciones han sido educadas y reorientadas para que apunten siempre a desear los placeres buenos y nunca los placeres malos. Las virtudes éticas, por tanto, modulan y corrigen nuestros deseos y pasiones, e introducen racionalidad y proporción en ellos. El fin bueno no es, por tanto, el deseo descontrolado de hacer lo primero que nos apetezca, simplemente porque se desea. El fin bueno al que nos predispone la virtud ética es un deseo educado y "entrelazado” con la razón. Por eso Aristóteles dice que la buena elección es algo así como un “deseo inteligente o inteligencia deseante”.
Fuentes consultadas:
Roser Martínez, Carlos, Aristóteles: ética a Nicómaco, libro II (Editorial Diálogo).

domingo, 5 de mayo de 2019

Bien, felicidad y virtud. Por Sofía Pozo. 2º B


Bien, felicidad y virtud (excelencia)

Para un correcto desarrollo de la temática de la redacción, creemos importante responder las siguientes cuestiones:¿Qué es el bien natural humano?, ¿Qué es y en qué consiste la felicidad?, ¿Qué es la areté o virtud?, ¿En qué consisten las virtudes éticas y dianoéticas y cómo se relacionan con la felicidad?, ¿Cómo se define al hombre bueno o virtuoso?,¿Cómo se desdobla la racionalidad?, ¿Es posible la felicidad en un mundo fuera de la polis


Entendemos los conceptos aristotélicos de bien y felicidad sabiendo que solo son entendibles de manera adecuada en un mundo visto de manera aristotélica. Aristóteles comprende el mundo físico de una manera ordenada y finalista o teológica. Esta forma de comprender el universo se puede sintetizar en tres principios: el primero de ellos supondría entender que todos los seres naturales, incluyendo desde seres vivos a piedras, o el aire, tienden al cumplimiento de un fin natural o telos, que comprende el principio de la teología universal; el segundo principio nos anuncia que este fin es completamente diferente para cada especie de seres y depende estrictamente de su naturaleza; el tercer y último principio consiste en que el fin de cada ser natural es su bien, a alcanzar. Al adquirir dicho fin tendría como consecuencia la adquisición de cierta perfección.


De esta forma para Aristóteles, el bien de cualquier ser natural consiste en cumplir su telos, lograr aquello para lo que está naturalmente ordenado. El ser humano, al ser un un ser natural más, también está orientado a alcanzar su telos, que consistirá en el desarrollo y educación de sus potencialidades naturales para cumplir excelentemente su telos más elevado, la felicidad. Aunque éste constituye el fin último también existen otras cosas que los humanos desean por considerarlas también fines o bienes apetecibles, pero la diferencia radica en que, estos fines o bienes secundarios que podríamos llamar bienes-medios o fines-para-otros-fines superiores, están subordinados al fin supremo, la felicidad. De este modo, al ser muchos los fines, o bienes-medios que nos proponemos, son muchos los que perseguimos. Aristóteles considera que lo que los seres humanos denominamos bienes, no es ni más ni menos que los objetivos que perseguimos con nuestras acciones, fines-para-otros-fines superiores que consideramos como cosas valiosas y deseables, con vistas a alcanzar el bien supremo o felicidad.


La felicidad  es considerada por Aristóteles como el bien supremo, pues todos los demás bienes-medios, o fines-para-otros-fines,  están subordinados a ella: los deseamos en vista a la felicidad, como por ejemplo, la salud. Entendemos entonces, la felicidad como el fin último, mientras que el resto de bienes se consideran medios para conseguir esta. Por eso, es el único bien perfecto y autosuficiente porque es el único que se elige exclusivamente por sí mismo y no como medio para alcanzar otros bienes. Entendiendo que la felicidad no es la riqueza ya que la riqueza en sí misma, el tener mucho dinero, por tenerlo, no nos hace felices. Tampoco es la felicidad el honor, ya que este depende de los ojos con los que nos miran los demás y eso no depende de nosotros, el perseguir el honor nos podría llevar a la esclavitud del que obra para agradar a los demás. En este sentido el honor tiene que venir de la admiración que suscitamos en la práctica de la virtud, es decir, del perfeccionamiento de nuestro propia naturaleza.  Está virtud está relacionada con lo que lleva a la plenitud la naturaleza del hombre alcanzando su fin natural. De este modo, Aristóteles nos dice que la felicidad no es algo que se consiga sin esfuerzo. Para Aristóteles la felicidad consiste en una cierta forma de vivir y de actuar, forma propia y específica de un humano cabal, pleno, integral, auténtico. Veamos cómo descubre el fin natural del hombre.

Para averiguar cuál es el fin natural del hombre, basta con examinar con qué capacidades ha dotado la naturaleza al ser humano. Nuestro filósofo supone que la naturaleza ha otorgado a cada ser vivo de aquello que requiere para conseguir su fin natural, por ejemplo, las plantas han sido dotadas de las capacidades necesarias para cumplir su fin, el de la vida de una planta; a los animales con la capacidad del movimiento y la sensibilidad, para llevar una vida animal plena; sin embargo, a los seres humanos  les ha dotado de las mismas capacidades que a los animales, como las sensitivas o de automoción, que les permitiría llevar la vida del animal, y, además la capacidad que la distingue de los animales, el logos, que es la capacidad de razonar y del lenguaje, única y específica de ellos. Todo esto con el fin de que piense y que dirija su vida desde la razón, esto implica utilizar el lenguaje e interactuar socialmente con otros seres racionales, de lo contrario se degradaría su naturaleza humana. En consecuencia, el fin natural al que la naturaleza ha destinado al hombre, es decir, la felicidad, consistirá en vivir como ser humano, lo que implica ejercitar la razón en un contexto social y no de cualquier manera, sino de una manera virtuosa, esto es, excelentemente. Precisamente de la definición de areté o virtud nos ocupamos seguidamente.

Entendemos que areté o virtud es sinónimo de excelencia. El término areté es un término griego que se suele traducir como virtud. Los griegos lo aplicaban cuando algo ofrecía un buen desempeño. Así hablaríamos de un caballo virtuoso cuando se trata de un caballo veloz, sano, elegante en el ejercicio de las funciones acordes con la naturaleza de caballo...  Las virtudes humanas son excelencias en el ejercicio de las funciones del alma que involucran a la racionalidad, que es la función propia del ser humano. Se pueden distinguir, por lo tanto, dos tipos de excelencias o virtudes: las éticas y las dianoéticas, las cuales veremos en el siguiente párrafo relacionándolas con la felicidad y la vida buena.

Entendemos las virtudes éticas o excelencias del carácter que están directamente relacionadas con la excelencia en el funcionamiento de la parte deseante del alma humana, que, aun cuando es irracional, se deja gobernar por la razón. En cuanto a las virtudes o excelencias dianoéticas tienen que ver con la excelencia en el funcionamiento de la parte racional del alma humana. Para entender lo que será explicado a continuación es preciso explicar el término eudaimonía, que nosotros traducimos como ‘’felicidad’’ cuyo significado refleja una idea muy extendida en el mundo griego: la idea de el obrar el bien, ajustados a la naturaleza propia y vivir una vida feliz están estrechamente unidos. Los términos necesarios para lograr la eudaimonía, es decir, una vida buena y feliz, son: en primera instancia, las virtudes éticas o excelencias del carácter, que, como ya hemos definido, está relacionada directamente al ejercicio de racionalidad; en segundo lugar, el placer natural que está relacionado de manera indisoluble a la racionalidad y la virtud.Como el ejercicio de la racionalidad es una actividad natural, debe ser placentera, pues el ejercicio de cualquier actividad natural es siempre agradable; en tercer y último lugar un mínimo de bienes exteriores, como son: relaciones sociales, patrimonio suficiente, salud, belleza y una buena organización política, entre otros. Dado que la Ética de Aristóteles es una ética de sentido común, el tipo de vida en el que consiste la felicidad solo es posible si se poseen bienes exteriores además de la virtud. La felicidad, por lo tanto no consiste expresamente en ellos, pero no sucede sin ellos, es una condición para la felicidad. De estos tres elementos explicados, el más importante y clave para la vida feliz serían las virtudes o excelencias éticas las cuales analizaremos en el siguiente párrafo.

El hombre bueno o virtuoso se define como aquel que ejerce bien la racionalidad y las virtudes éticas, de este modo, cumple como fin natural de su especie. El hombre malo, al contrario, se define como el que renuncia al buen ejercicio de racionalidad, y elige el vicio en vez de la virtud, apartándose así del fin natural o felicidad. El hombre bueno se relaciona directamente con el hombre feliz, el hombre malo, por consiguiente no puede ser feliz. Para Aristóteles, resultaría imposible que un hombre malo, es decir, que se aleja del fin natural, fuera feliz frente a uno bueno, que cumple con el fin natural dado según el orden teleológico. Por lo tanto, el caso propuesto con anterioridad supondría una rotura del orden natural de las cosas, como si un pez volara. En el siguiente párrafo veremos como desdobla Aristóteles la racionalidad.

Como ya hemos visto, la felicidad consiste en una actividad del alma racional conforme a la excelencia o virtud. En cambio, Aristóteles considera que la racionalidad se subdivide en la racionalidad práctica y la racionalidad teórica.En cuanto a la racionalidad práctica, está directamente relacionada con la facultad deliberadora de la parte racional del alma, esta facultad reflexiona sobre lo contingente o probable, es decir, aquello que puede suceder de muchas maneras. Por ejemplo, lo que yo elija hacer esta tarde para preparar la PAU depende de mi elección. Por eso la facultad deliberativa es aquella que calcula y reflexiona sobre qué es lo bueno y conveniente en cada momento y situación, es decir, qué bienes-medios, o fines-para-otros-fines son buenos, tanto para la propia felicidad individual (ética), como para la felicidad colectiva (política). La racionalidad práctica, entonces, es la racionalidad apropiada para la praxis de acciones humanas.

Hablando de racionalidad teórica, se trata de la forma de racionalidad implicada en esta actividad. Se ejerce entonces, mediante la facultad científica de la parte racional del alma. Esta facultad no reflexiona sobre acciones ni elecciones humanas, es decir, sobre lo contingente, o probable, sino sobre lo que ocurre necesariamente, es decir del objeto del que se ocupan ciencias como las matemáticas, la teología, la física. Para Aristóteles, este tipo de desdoblamiento tiene consecuencias a la hora de diseñar el modelo de vida feliz, pues ya hemos descubierto que la felicidad consiste en un tipo de vida que se basa principalmente en el ejercicio de la racionalidad conforme a la excelencia. Pero puesto que ahora vemos que la actividad de la razón se desdobla en dos: la racionalidad práctica, ligada a las acciones; y la racionalidad teórica, ligada al conocimiento. La consecuencia de este desdoblamiento consiste en las dos propuestas distintas de vida feliz que se recogen en la Ética a Nicómano; la vida práctica y la vida teorética, las cuales serán explicadas en el párrafo  siguiente.

La vida ético-política, es la vida práctica para Aristóteles, la vida del ciudadano de la polis, al que está orientada la ética como guía para llevar una vida feliz, esta vida requiere el ejercicio de la virtud como disposición a actuar conforme a la recta razón eligiendo siempre el término medio entre los extremos. La elección del término medio  exige el despliegue de la razón práctica para fijarlo, por ello orienta hacia la felicidad. En oposición, a este modelo de felicidad está  la vida teorética o vida contemplativa (o filosófica) es la vida propia del filósofo o sabio, está basada en el ejercicio de la racionalidad teórica o la contemplación de las cosas eternas y divinas. Esta vida requiere del conocimiento, que es la virtud dianoética que incluye a otras dos: la ciencia y el intelecto. Este tipo de vida permite la felicidad más perfecta, más divina que la humana si cabe. Es accesible a una minoría: los filósofos. En el parágrafo siguiente analizaremos si se puede dar la felicidad en un contexto de soledad.

Tenemos que conocer que la vida feliz no es para Aristóteles una vida solitaria, sino una vida en sociedad. En su obra La Política nos explica que el ser humano es un animal destinado por la naturaleza a vivir en la polis. Ser hombre, significa, entonces, vivir en sociedad, lo cual no significa simplemente vivir en compañía de su especie, sino interactuar con otros seres humanos mediante acciones dirigidas por la razón, hablando y razonando sobre diversos temas, es en esto en lo que consiste ejercer la función propia del ser humano. Aristóteles explica este problema, declarando que al igual que una pierna es una parte del cuerpo, el hombre forma parte de la polis. El filósofo estaba convencido de que la polis democrática era el marco idóneo para que un individuo humano pudiera desarrollar mediante la actividad política, el contacto social y la comunicación, todas las capacidades y potencialidades que la naturaleza le ha otorgado para alcanzar su fin: la felicidad. Aristóteles al igual que Platón, su maestro, pensaba que la felicidad sólo puede alcanzarse dentro de un orden social y político adecuado y justo.

En conclusión, la definición de bien y felicidad está condicionada  por tres principios:  que todos los seres naturales tienden al cumplimiento de un fin natural o telos; que este fin es completamente diferente para cada especie; y que el fin de cada ser natural es su bien. El bien de cualquier ser natural consiste en cumplir su telos. En cuanto a la felicidad y su relación con los bienes, la felicidad  es considerada por Aristóteles como el bien supremo, por lo tanto, la felicidad es el fin último, mientras que el resto de bienes se consideran medios para conseguir esta. En cuanto al fin del hombre, sabemos que el fin natural al que la naturaleza ha destinado al hombre, es  la felicidad. Definimos virtud humana como excelencias en el ejercicio de las funciones del alma que involucran a la racionalidad, que es la función propia del ser humano y existen dos tipos de excelencias o virtudes: las éticas y las dianoéticas. Las virtudes éticas o excelencias del carácter que están directamente relacionadas con la excelencia en el funcionamiento de la parte deseante del alma humana, que debe ser gobernada por la razón práctica o prudencia, (virtud dianoética) que facilita el hallazgo del término medio entre los extremos. Éstas virtudes tienen que ver con la excelencia en el funcionamiento de la parte racional del alma humana. La eudaimonía, o ‘’felicidad’’ es la meta última del hombre y para lograrla necesitamos: las virtudes éticas o excelencias del carácter, el placer natural y un mínimo de bienes exteriores. El hombre bueno o virtuoso es aquel que ejerce bien la racionalidad y las virtudes éticas y cumple el fin natural de su especie. El hombre malo, al contrario, es el que renuncia al buen ejercicio de racionalidad y elige el vicio en vez de la virtud, apartándose así del fin natural o felicidad. Como ya hemos visto, la felicidad consiste en una actividad del alma racional conforme a la excelencia o virtud, pero puesto que el filósofo considera que la racionalidad se subdivide en la racionalidad práctica y la racionalidad teórica sugiere dos propuestas distintas de vida feliz: la vida práctica o ético-política, la felicidad del ciudadano, y la vida teorética o vida contemplativa (o filosófica). Por último, al igual que Platón, Aristóteles considera la felicidad como un fin que sólo puede alcanzarse en una polis democrática.


Fuentes: Ética a Nicómano Libro II / Carlos Roser Martínez / pág (22-32)

martes, 30 de abril de 2019

La finalidad práctica de la “Ética a Nicómaco: acción, hábito y carácter. Por Héctor López 2A.


La finalidad práctica de la “Ética a Nicómaco: acción, hábito y carácter. Por Héctor López 2A. 


Para un desarrollo adecuado de la temática de la redacción, creo conveniente responder las siguientes cuestiones:   ¿qué es la Ética?, ¿cuál es la finalidad práctica de la Ética a Nicómaco?, ¿qué es acción, hábito y cáracter?, ¿cómo afecta las acciones y los hábitos al carácter y cómo afecta el carácter a las acciones y hábitos? ¿qué son los hábitos, las acciones y el carácter?, ¿qué diferencia a los humanos de los animales?, ¿qué tipos de hombre hay?

 En la actualidad llamamos Ética, a la rama de la filosofía que reflexiona sobre un conjunto de problemas relacionados con el bien, el mal, la acción, los hábitos, las costumbres, la moral, la felicidad, el deber moral, etc. La Ética antigua, en particular, es una reflexión filosófica centrada sobre todo en la felicidad humana. Aunque se considera a Aristóteles el fundador de esta disciplina filosófica, él no usó nunca el término “Ética”: habla más bien de la “ciencia práctica de la felicidad”. Por tanto, ya el mismo nombre, en el sentido que le da Aristóteles huye de la especulación y la pura teoría. En este sentido, esta ciencia se ocuparía de investigar en qué consiste la felicidad concreta de cada uno y, sobre todo, cómo podemos alcanzarla cada uno, y dentro de esa ciencia hay dos ramas: la Política y la ÉticaLa Ética se ocuparía de investigar el tipo de vida y clase de bienes que conducen a la felicidad del individuo y la Política se ocuparía de investigar cual es la forma de organizar políticamente el Estado y qué leyes o instituciones son las más convenientes para todos, para que cada individuo pueda alcanzar su felicidad. Por eso para Aristóteles, la Ética y la Política persiguen el mismo fin: la felicidad.

La obra de Aristóteles sobre la que reflexionaremos, es un tratado de Ética, es decir, una reflexión filosófica en orden a actuar bien en cada situación para que cada individuo consiga su felicidad humana. De modo que la finalidad de la Ética no es teórica (alcanzar el conocimiento por el mero afán de saber), sino práctica, es decir, lograr ciertos conocimientos que sean útiles para la praxis (la acción), o sea, que ayuden a vivir mejor y hagan más fácil el logro de la felicidad. Ahora bien, la felicidad está relacionada con las acciones, hábitos desde los que constituimos nuestro carácter. 

Desde el punto de vista de Aristóteles, podríamos definir una acción humana como la conducta puntual y consciente que resulta de la deliberación y la elección voluntaria aproximándonos o distanciándonos de nuestra felicidad; podríamos definir hábito, como una fuerza o inclinación a comportarnos que resulta de la reiteración de acciones en una misma dirección aproximándonos o distanciándonos de nuestra felicidad; y podríamos definir carácter como la personalidad feliz o desdichada que resulta de nuestros hábitos. Lo problemático de esta secuencia: acción, hábito y carácter viene de la pregunta: ¿cómo afectan las acciones y los hábitos al carácter y el carácter a los hábitos y las acciones? 


Se trata de una pregunta problemática, porque para Aristóteles las acciones, y por consiguiente los hábitos, en gran medida, resultan de la fuerza de un carácter; y a la inversa, el carácter se constituye a través de las acciones y hábitos correspondientes. Por tanto, se produce una circularidad: las acciones y hábitos que resultan de ellas constituyen el carácter; y el carácter o personalidad constituida influye poderosamente en la elección de acciones que realizamos y hábitos que adquirimos. Al igual que sin huevo no hay gallina, sin acciones y los correspondientes hábitos no hay carácter, pero del mismo modo que sin gallina no hay huevo, sin carácter no hay acciones y los hábitos que de ella resulten. Pues bien, es justo en medio de esta problematicidad circular en la que se instala la ética de Aristóteles, por eso afirma Aristóteles que la virtud es una predisposición o tendendia a la elección del término medio de acuerdo a la recta razón o inteligencia práctica.


Según Aristóteles, la naturaleza ha dado a algunos individuos ciertas tendencias o dones naturales, de modo que algunos poseen por nacimiento una mayor tendencia a la justicia, a la moderación, a la valentía, etc. Estas cualidades naturales definen, en un principio, a la naturaleza individual de cada uno y marcan las diferencias naturales o de temperamento entre los distintos individuos. Pero estos dones naturales no son las virtudes éticas, debido a que las virtudes éticas no se tienen por nacimiento, sino que se adquieren a lo largo de la vida con la práctica y el ejercicio, y su adquisición requiere esfuerzo. Las virtudes éticas son hábitos o disposiciones para actuar que se adquieren acostumbrándonos, mediante la repetición de acciones virtuosas, del mismo modo que desarrollamos fuerza en nuestros músculos a base de entrenamiento y de ejercicios repetitivos en el gimnasio. Así, repitiendo acciones valerosas e imitando a los valientes, desarrollamos el hábito y la virtud de la valentía y nos hacemos valientes, repitiendo acciones justas adquirimos la virtud de la justicia y nos hacemos justos, y de igual modo con acciones generosas, desarrollamos el hábito de la generosidad y nos hacemos generosos. O por poner un ejemplo cercano a nosotros: ¿cómo adquiere uno el hábito de estudiar, para ser un buen estudiante? Pues estudiando y repitiendo muchas veces esas acciones, aunque en un principio pueda resultar costoso, pero una vez adquirido el hábito de estudiar, las acciones en el estudio “fluyen” de forma espontánea y sin esfuerzo. De la misma manera se adquieren también los vicios. Repitiendo acciones malas, inadecuadas para nuestra felicidad y adquirimos hábitos malos. De este modo, las acciones, ayudan a determinar todo tipo de hábitos, ya sean hábitos buenos (virtudes) o hábitos malos (vicios).

Con todo esto, Aristóteles decía que los vicios y las virtudes definen el carácter (êthos) o modo de ser de un individuo. Por eso se habla de vicio y virtudes éticas, es decir, de vicios y virtudes del êthos o del carácter. Vicios y virtudes son hábitos o disposiciones del carácter que nos mueven a actuar y a elegir en una determinada dirección: bien alejándonos del fin natural de la felicidad y de la perfección, bien aproximándonos a él.

A partir de su análisis sobre la adquisición de las virtudes y los vicios, Aristóteles formula una idea formidable y sumamente interesante, a saber: “Lo que somos y cómo somos (nuestro carácter) es obra de uno mismo”. En efecto, nuestro carácter es el resultado de la cadena de acciones y elecciones (virtuosas o no) que han generado nuestros buenos o malos hábitos, virtudes o vicios. Por eso dice Aristóteles que “cada uno es en cierto modo causante de su propio carácter”. Adquiriendo virtudes conformamos un carácter bueno, y adquiriendo vicios un carácter malo o corrompido.

El carácter viene a ser como una “segunda naturaleza” que se superpone a los dones y a las carencias naturales que tenemos por nacimiento (nuestra primera naturaleza). El carácter es siempre adquirido, y puede potenciar nuestros dones y carencias naturales o, por el contrario, llegar a anularlos. De modo que, según Aristóteles, no nacemos como somos, sino que nos hacemos.

Esto último marca una diferencia fundamental entre el hombre y el animal: el animal no puede elegir ni proponerse fines o intenciones en su conducta, pues le falta la capacidad de deliberar. Sin embargo, sin proponérselo, un animal vive como es debido, conforme a su naturaleza. Su modo de ser está determinado por su naturaleza y es producto en exclusiva de ella. El ser humano en cambio, fábrica su modo de ser (carácter) mediante acciones intencionadas (praxis) y elecciones racionales, y se hace a sí mismo a través de sus acciones, adquiriendo virtudes y vicios que se integran en su carácter y que pueden perfeccionar o corromper su naturaleza racional. De esta forma, a diferencia del animal, un individuo humano es capaz de darse forma a sí mismo, del mismo modo que un artesano da forma a la arcilla para crear estatuas. Las acciones intencionadas y elegidas (praxis) originan al ser humano pleno y son “productoras de humanidad”.

El hombre virtuoso (el hombre de buen carácter) está dispuesto a las acciones virtuosas, pues brotan de su carácter de forma espontánea y fácil, como si de una tendencia natural se tratara, y además con placer. Por eso un buen carácter va asociado al estilo de vida feliz y dichoso. Lo contrario ocurre al hombre malo, al hombre que, mediante acciones y hábitos malos, se ha fabricado un carácter malo. Sus vicios le hacen incapaz de proponerse fines y propósitos racionales, sanos y buenos para su felicidad. Sus inclinaciones y apetitos llevan su alma a la deriva y están fuera del control de la razón. Por eso un carácter malo nos aproxima a un animal irracional y nos aleja de la excelencia que un ser humano podría alcanzar si se lo hubiera propuesto; además, va asociado a un estilo de vida miserable y poco dichoso.

Como hemos visto, nuestro modo de ser o carácter, una vez consolidado, nos predispone a ciertas acciones y hace imposible la realización de otras. El cobarde, por ejemplo, es incapaz de realizar acciones valerosas porque la cobardía forma parte de su carácter. Una vez que alguien ha desarrollado un vicio ya no puede volver atrás, ni siquiera queriendo, pues se ha corrompido irreversiblemente: el cobarde seguirá siendo un cobarde aunque quiera ser valiente, lo mismo que el enfermo no deja de estarlo, por mucho que quiera estar sano. El cobarde, cegado por el vicio de la cobardía, considera (erróneamente) que lo conveniente para él son las acciones cobardes y no se propondrá como fin acciones valerosas.

En conclusión, la Ética es la rama de la filosofía que reflexiona sobre los problemas relacionados con el bien, la moral, la felicidad, etc., y la finalidad práctica de la Ética a Nicómaco es lograr ciertos conocimientos para conseguir la felicidad. Las acciones ayudan a determinar los hábitos, ya sean hábitos buenos (virtudes) o hábitos malos (vicios), donde hábito es la tendencia a actuar de una cierta manera en un individuo debido a la práctica reiterada de alguna acción, y los vicios y virtudes determinan el carácter o modo de ser de un individuo, y relacionado con el carácter pueden haber; hombres de buen carácter (hombre virtuoso) o hombres de mal carácter (hombre malo). También cabe destacar la diferencia entre el hombre y el animal y es que el ser humano puede fabricar su carácter con acciones intencionadas (praxis) y los animales no.


viernes, 28 de diciembre de 2018

LA POLÍTICA.


LA POLÍTICA

La Política es una de las obras de  madurez de Aristóteles. En ella se refleja el carácter empírico de su filosofía, es decir, realiza un estudio de las leyes de diferentes ciudades antes de fijar su pensamiento político. Para una mejor comprensión de su concepción política, procederemos a responder a una serie de preguntas que nos guiarán a lo largo de esta disertación : ¿se establece alguna relación entre la política y la ética aristotélica?; ¿acaso se podría ser feliz en una ciudad mal gobernada? ; ¿puede una ciudad corrupta formar seres humanos virtuosos, capaces de alcanzar la felicidad? ; ¿cómo entonces define Aristóteles al ser humano para diferenciarlo del animal? ; ¿dónde realmente encuentra el ser humano su felicidad? ; ¿cuál es la mejor forma de gobierno?
Antes de contestar a las preguntas planteadas, primeramente empezaremos con un primer párrafo de introducción hacia lo que nuestro filósofo griego entiende con política.

Aristóteles plantea una política mucho más pragmática que la de Platón, basada en la realidad y en las circunstancias de cada sociedad. La política no es más que una ciencia práctica, y es por eso que la importancia de la observación y la experiencia en la política del mismo es esencial para entender sus ideas. La política se ocuparía entonces de investigar cuál es la forma de organizar políticamente el Estado y qué leyes e instituciones son las más convenientes para alcanzar la felicidad. Por eso, para Aristóteles, la Ética y la política persiguen ambas el mismo fin: la felicidad.

La ética y la política son, para Aristóteles, ciencias prácticas, saberes que investigan el modo recto de comportarse para poder decidir libremente por sí mismos. Pero mientras la ética reflexiona sobre el fin del individuo, la política tiene como objetivo el fin de la ciudad. Por ello, afirmamos que la ética conduce de un modo natural a la política ; pero si hablamos sobre la felicidad del individuo, no podemos olvidar de que esa felicidad tan sólo se logra en compañía de otros seres humanos, es decir, en la ciudad. De ahí que Aristóteles considere a la política un saber superior, pues la felicidad de muchos es un bien mayor que la felicidad de uno solo. Vemos entonces que la manera correcta de actuar es siempre en grupo ya que: “Nadie sabe todo, todos saben algo, entre todos saben mucho”. Así, podemos sostener que el buen gobierno de la ciudad es una garantía, y hasta podríamos decir que una condición, para la vida feliz de su ciudad.

Antes de afrontar esta cuestión, tenemos que tener claro y no olvidarnos nunca de que es la ciudad la que se encarga de educar a sus individuos. Teniendo esto en cuenta, responderemos al mismo tiempo a la segunda y tercera pregunta planteadas en la introducción, ya que establecen grandes relaciones. La respuesta a ambas preguntas es claramente un NO. De esta manera, decimos que la política sería la continuación de la ética, y del mismo modo, la ética queda subordinada a la política. De esta manera entonces el individuo también estará subordinado a la ciudad, ya que el hombre no es autosuficiente, sino que necesita de la ciudad para vivir. Mientras la ciudad se basta así misma; ésta si que puede prescindir de un individuo concreto. Decimos que la ciudad es autárquica (autosuficiente) porque no depende de nada, mientras que el ser humano concreto depende de la ciudad. Esto lo podemos relacionar con una metáfora donde consideraríamos a la ciudad como el cuerpo de una persona humana, del cual el individuo sería tan sólo uno de los brazos o piernas de esta. En consecuencia a todo esto, el hombre necesita de la ciudad para su supervivencia. Pero no sólo de una necesidad material o económica, sino que se trata incluso de una necesidad moral.



Por eso en la política aristotélica aparecen dos descripciones del hombre, que nos van orientando a la forma de vida en la polis. Para este pensador griego, el hombre es “el animal que tiene logos” , y a su vez define logos como “razón, pensamiento, inteligencia, sentido...”. El logos es entonces esa diferencia específica del ser humano que nos separa del resto de animales. El hombre es, así, el animal que habla , que tiene un lenguaje con el que poder comunicarse, y el que incluso es capaz de compartir sus ideas y sus pensamientos con los demás. Lo más característico sería entonces el lenguaje, lo que le permite al ser humano compartir otras palabras con otros seres humanos. Esta dimensión comunicativa del ser humano es la que nos permite calificar al hombre como un animal “político” , que hoy lo podríamos entender mejor como “social”. El hombre para Aristóteles entonces , se realiza dentro de la sociedad como un elemento indispensable para alcanzar la felicidad.

Aristóteles está convencido de que existe algo así como un arte de vivir bien y de ser felices que puede aprenderse a través de la experiencia y de la práctica, y también con la ayuda de otros individuos y de la comunidad (la polis). Gracias a este arte de vivir bien, podemos aprender a desarrollar las excelencias(virtudes) del alma humana, en cuyo ejercicio constante consiste la felicidad. El arte de vivir bien y de ser feliz lo llama Aristóteles sabiduría o inteligencia práctica y lo califica como el saber propio del hombre prudente. Cabría interpretar que una solución aristotélica intermedia sería que: la vida “más feliz” sería quizás la alcanzable para los dioses. El ser humano debe conformarse con una vida feliz en la que se ve en relación con otros seres humanos. Por ello, la felicidad a escala humana se alcanzaría poniendo en práctica las virtudes aprendidas en la polis y llevando una vida práctica; de manera que la vida en sociedad termina siendo una condición de posibilidad de la sabiduría: para Aristóteles sin ciudad, no habría sabiduría posible.  De este modo, la ciudad se convierte en el lugar propio de la vida buena, de la felicidad. Nadie puede ser feliz fuera de la ciudad. Para ello, Aristóteles divide a los gobiernos según dos criterios: número de gobernantes y fin con el que se gobierna.

Así entonces, habría gobiernos moralmente buenos que serían aquellos que gobiernan en función del bien común, y gobiernos degenerados que son aquellos en los que se apunta a un fin particular. Primeramente, clasificamos a los gobiernos “buenos” como aquellos en los que el sistema político se basa en una monarquía(gobierna uno solo) , aristocracia (gobierna un grupo reducido) y república (gobierno constitucional) ; ya que en los tres casos gobiernan tratando de buscar el bien común. Y por otro lado, los gobiernos “malos” : tiranía, oligarquía y demagogia; de éstos estaría en contra ya que tales funciones que realizan están enfocadas a intereses individuales. Como podemos comprobar, la política de Aristóteles es realista y se aleja de cualquier clase de simplificación. El carácter empírico y práctico le impide dar un mismo modelo para todos los seres humanos. Por ello, el mejor gobierno para él se decantaría por una aristocracia de las clases medias, gobernada por los mejores, es decir, los individuos más virtuosos, ya que éste como es razonable, tiende a alcanzar el intermedio que Aristóteles llama término medio que lo considera como lo mas justo.







En conclusión, Aristóteles en su libro La Política correspondiente al final de la obra Ética a Nicómaco, expresa que la investigación sobre la ética necesariamente desemboca en la política y por ello trata en buena parte sobre la “filosofía de los asuntos humanos”. También se apoya en las cosas referidas a la “polis” o antigua ciudad griega, siempre reconociendo la necesidad de tener en cuenta las condiciones geográficas, sociales y culturales de cada pueblo, y todas las circunstancias particulares que pueden hacer preferible un modelo distinto al que él apoya.

jueves, 27 de diciembre de 2018

Las excelencias del carácter como términos medios: la individualización de la excelencia.

Trabajo elaborado por el alumnado del IES NIT DE L´ALBÀ, y corregido por el profesor del que se omite el nombre, en cumplimiento de la ley de protección de datos.

Las excelencias del carácter como términos medios: la individualización de la excelencia

Para un desarrollo adecuado de la temática de la redacción creemos importante responder a las siguientes cuestiones: ¿Que es el alma?, ¿Como se divide el alma?, ¿Que es el término medio?, ¿El término medio se aplica a todo el mundo por igual en las mismas circunstancias?, ¿Podemos crear nuestro propio término medio?, ¿Para que sirve el término medio?

Aristóteles distingue  dos clases de seres; los vivos y los inertes. Así pues todos los seres dotados de vida (los vivos) tienen alma, pero distribuida en diferentes grados de complejidad y perfección. El alma más perfecta y más compleja de todas es el alma humana porque es capaz de realizar el mayor número de actividades y funciones, entre ellas, la vegetativa, la animal y la racional. No obstante, para vivir humanamente es necesario proponérselo  y esforzarse, ya que aún siendo humanos uno puede elegir otros caminos de la vida: una vida desordenada volcada a los placeres, la vida irreflexiva e inconsciente.

Según Aristóteles el alma humana tiene dos funciones: la racional y la irracional. La función racional que es aquella que  es exclusiva de los seres humanos. Esta función racional se despliega en dos facultades: la facultad científica que es aquella que le permite al ser humano  llegar a alcanzar conocimientos y verdades necesarias, ya que el conocimiento científico sólo es posible sobre aquello que no puede ser de otra manera;  y la facultad calculadora o deliberativa con la que el alma puede llegar a conseguir opiniones probables y razonables, sobre aquello que puede ser de muchas maneras, es decir, sobre lo probable o contingente. Otra función del alma es la irracional que es aquella que el hombre comparte con los animales que realiza las funciones vitales. Esta función irracional se despliega en dos dimensiones: la vegetativa que es la que realiza las funciones vitales de los organismos tales como las plantas: nutrición, crecimiento y reproducción; y la deseante que es la función por la que se crean los deseos y las pasiones.

Una vez explicada el alma y sus funciones explicaremos las virtudes éticas y los vicios. Las virtudes éticas son excelencias que resultan del control y dirección que la función deliberativa del alma racional realiza sobre la función apetitiva o deseante del alma irracional, por tanto, se relacionan con las pasiones y los deseos irracionales. Para que el alma alcance la excelencia en su funcionamiento es necesario que su función apetitiva se deje gobernar por la función racional deliberativa o calculadora. Las virtudes éticas exigen ejercitar bien la razón para regular las tendencias irracionales del alma. Es por esta razón que Aristóteles establece como virtuoso el término medio entre los extremos, porque para encontrar el término medio es imprescindible ejercitar la función deliberativa o prudencia. Lo contrario de estas virtudes son los vicios, que son hábitos o disposiciones de nuestro carácter que no están dirigidos por la función deliberativa o calculadora y nos predisponen a elegir el mal y lo perjudicial para nosotros mismos. Para elegir los extremos del término medio, simplemente hay que dejarse llevar por las pasiones irracionales de la función deseante. Estos vicios ya sea por exceso o por defecto nos apartan de nuestro perfeccionamiento como seres humanos ya que nos apartan de la racionalidad que nos distingue del resto de seres,  y por consiguiente nos apartan de nuestro fin natural:  la felicidad.

Ahora que ya sabemos qué es el alma, conocemos sus funciones y las virtudes éticas podemos empezar a hablar sobre nuestro tema de la redacción, explicando así qué es el término medio. El término medio es la regla de la razón a la que deben ajustarse las pasiones para estar bien gobernadas. Toda virtud ética o excelencia del carácter, para Aristóteles es el término medio entre los dos extremos de una pasión o una acción, por el contrario, los vicios son los extremos (exceso o defecto) de una pasión o acción. Mediante la regla del término medio la razón pone orden en el desordenado mundo de las pasiones del alma irracional y permite establecer el equilibrio natural en el individuo. Al gobernar sus pasiones y sus acciones según esta regla, el ser humano perfecciona su naturaleza racional y se encamina a la buena vida, a la vida feliz, a la que está naturalmente orientado, en definitiva, a su fin natural.

Según Aristóteles el término medio es propio de cada uno y cada uno modificará su término medio dependiendo de la situación en la que se encuentre. En este sentido,  Aristóteles define virtud de esta forma “un hábito o disposición para elegir, que consiste en un término medio relativo a nosotros, determinado por la razón y por aquella mediante la cual decidiría el hombre prudente”. De esta definición hemos de tener en cuenta dos aspectos: por una parte, el término medio no se trata de un punto equidistante a dos extremos, como el  4 lo es del 2 y del 6, sino de un termino medio flexible, relativo a cada uno y a cada situación concreta, ese término podrá ser modificado. Por ejemplo, dice Aristóteles, para un gimnasta principiante comer un kilogramo de alimento puede ser un exceso, mientras que para un gimnasta ya experimentado y de gran masa muscular es insuficiente. A ello hemos de añadir que cada persona ha de conocer su tendencia natural, si, por ejemplo, si por su manera de ser espontánea, uno es propenso a la avaricia, el término medio, la generosidad, estaría más inclinada hacia la prodigalidad o despilfarro, para contrapesar y equilibrar la balanza; por otra parte, puesto que el término medio se relaciona con lo que elegiría el hombre prudente, es imprescindible conocer los usos, costumbres de la sociedad y los modelos de virtud,  y en qué punto esos modelos establecen la elección del término medio, para ser objeto de alabanza por sus conciudadanos. En este sentido, Aristóteles nos recuerda que el término medio de la valentía está más próximo de la temeridad que de la cobardía, haciendo referencia a la polis en la que él vivió. 

Por tanto, para calcular el término medio relativo a cada persona y en cada situación hace falta la facultad calculadora o deliberativa del alma racional. En este sentido la tarea de la inteligencia práctica es discurrir bien para calcular con acierto el término medio. El prudente es aquel que tras examinar bien cada situación y a sí mismo,  acierta con el término medio en las pasiones y acciones. Para aprender a ser prudente se necesita mucha experiencia, madurez y buen conocimiento de las propias limitaciones y capacidades, pues estas limitaciones y capacidades influyen y son importantes a la hora de determinar el término medio.

En conclusión, para Aristóteles todos los seres dotados de vida  tienen alma, pero distribuida en diferentes grados de complejidad y perfección. El alma más perfecta y más compleja de todas es el alma humana; el alma tiene dos funciones: la primera es la función racional, esta función racional se despliega en dos facultades: la facultad científica y la facultad calculadora con la que el alma puede llegar a conseguir opiniones probables y razonables de aquello que puede ser de muchas maneras; otra función del alma es la irracional que  se despliega en dos dimensiones: la vegetativa, y la deseante que es la parte en la que se crean los deseos y las pasiones; para que el alma alcance la excelencia en su funcionamiento es necesario que su función apetitiva se deje gobernar por la función racional; el término medio es la regla de la razón a la que deben ajustarse las pasiones para estar bien gobernadas; mediante la regla del término medio la razón pone orden en el desordenado mundo de las pasiones del alma irracional y permite establecer el equilibrio natural en el individuo; este término medio  es flexible y relativo a cada uno y a cada situación concreta. Finalmente, el prudente es aquel que tras examinar bien cada situación, su singularidad, y el modelo social alabado generalmente, acierta con el término medio en las pasiones y acciones.